Política
Leñadores y yunzas
Cuando en Cajamarca se construyó una alameda sin álamos, se cortaron varios árboles de pinos, los mismos que eran habitados por una migración de garzas que habían aparecido en Cajamarca huyendo de la depredación de su habitad. Se cortaron los árboles y se sembraron postes de cemento. Parte de la historia de Cajamarca fue arrancada.
Agosto, 1914. La ofensiva francesa contra la frontera alemana en Lorena y Alsacia, el famoso Plan 17, había fracasado. Mientras tanto, los ejércitos alemanes, arrollando Bélgica y el norte de Francia avanzaban amenazando con cercar a los aliados que se batían en retirada. Muy pronto los alemanes se encontraron ya a las puertas de París. La Ciudad Luz estaba en peligro pero nada se había hecho para su defensa, “debido a la aversión de los franceses a talar árboles y abatir casas”, según cuenta la brillante historiadora de la Gran Guerra, Bárbara Tuchman. Cuando el peligro obligó a cortar los primeros árboles, un grito de horror sacudió París. Para sus habitantes, sus árboles eran los primeros caídos en su defensa. Ese detalle de sentirse uno con la naturaleza, hace la diferencia entre un gran pueblo y uno de media suela.
Luis Castañeda Lossio jamás podría haber sido alcalde de París. Sí es, por desgracia, alcalde de Lima. Su más reciente hazaña ha sido arrasar con 150 árboles, maduros y frondosos, en la avenida Prolongación Paseo de la República, en Chorrillos. Los reemplazará un terminal de autobuses de cemento y de mal gusto, como suelen ser sus obras de hechos consumados.
Ninguna explicación, ningún remordimiento, ninguna disculpa. Sin embargo, toda la prepotencia del mundo de este sátrapa que gobierna la ciudad.
Pero Castañeda no está solo. Lo acompañan en su dictadura de ladrillos y desprecio absoluto por la naturaleza el 80% de la capital. Por eso es que Lima jamás será París ni el Perú podrá parecerse nunca ni remotamente a Francia ni a ningún país civilizado. El problema con el peruano es que adora el cemento. Para el peruano el ladrillo no es un instrumento por el que se construyen cosas bellas, sino un fin en sí mismo. Esa es la filosofía de las “obras”. Esta palabra es como la campanilla del perro de Pavlov. Cuando suenan las obras el peruano saliva, mueve la cola y ladra de contento, no importa si le terminan tapiando la ventana de su casa.
Pero hay más. Al amor al cemento se aúna el odio por la naturaleza. La yunza, enraizada en el alma del “Perú profundo”, es el mejor ejemplo de ello. Darle de hachazos a un árbol con el frenesí de que caerán regalos explica quizás el porqué a ese 80% de limeños, de todas las clases sociales, le importa un bledo talar un árbol con tal de que el regalo sea un ladrillo más en la ciudad.
Y ahora viene lo bueno. A diferencia de todos esos optimistas profesionales de propagandas bancarias, yo no me siento para nada orgulloso de vivir en el Perú de Castañeda. Entre el ladrillo y la yunza, soy una hierba mala. ¿Que por qué no das la lucha? Porque darla sería talarle la cabeza a Castañeda y no quiero terminar con mis huesos en la cárcel. Lamentablemente la Revolución Francesa es un imposible en el Perú.
Ruleta Rusa
José Barba Caballero, quien ha vuelto a la política, bronceado y con un puro panameño entre los dedos, declara en Correo que a Alan García lo ve bien, con ganas de reivindicarse con la historia y con muchos deseos de concluir su mandato en olor a dignidad. Pues, no sé usted, pero a mí me parece que Barba, siendo un tipo listo, no ha estado revisando las noticias peruanas por Internet durante los últimos tres años o, si lo hizo, se dedicó a informarse solamente a través de la agencia Andina, pues el Alan que describe no es el Alan que nos gobierna hoy.
Probablemente se refiera a un Alan de alguna dimensión alternativa o paralela, porque el actual se la pasa pidiendo a los medios que lo retraten guapo, rubio y esbelto, cosas que debería pedirle al genio de la lámpara, a su hada madrina, a Papá Noel o a Sarita Colonia, digo. Y es que, hasta ahora, la acción política alanista, me disculparán los compañeros, merece el reciclaje. Ergo, atribuyo ese juicio de Barba a su veta satírica, que la tiene.
No me parece desechable, sin embargo, la recomendación que le hace a su ex aliada Lourdes Flores, cuyo tiempo considera que ya pasó. Le sugiere que se lance a la Alcaldía de Lima o que postule a la presidencia de la región Lima. De esa manera dejaría de ser la “doctora palabra” para convertirse en la “doctora hechos”. ¿Por qué no?, se pregunta, y la verdad es que la interrogante es tan buena y tan oportuna y tan vigente como aquella de “¿quién mató a Kennedy?”. Pero, ya sabemos, la política –como la fe y la justicia y el amor y las estatuas– es ciega. Y créanme que quisiera ser optimista con Lourdes, pero no me sale. Claro, tampoco la veo como si tuviese colocado en el dedo gordo izquierdo del pie un cartelito de la morgue, de esos que ratifican la muerte y la causa que la produjo. No. No llego a tanto. Empero, no le haría mal pasar de estas elecciones y aterrizar en algo más tangible, como aquello que desliza Barba. Porque eso de plantear una alianza política desde ahora no se percibe como idea de estratega, sino como morisqueta derrotista. ¿A veces no les da la impresión de que Lourdes se parece al unicornio pelirrojo de Calabozos y Dragones? Como que le falta malicia, o algo así, ¿no?
Coincido plenamente con José Barba en la impresión que tiene de Ollanta Humala, ese humorista involuntario, a quien ve “como un radar o una torre de señales; es decir, basta que él señale un camino, para optar por el otro, y con ello tenemos una aproximación interesante hacia la verdad (…) Si él grita a la derecha, hay que ir hacia la izquierda; si él dice para adelante, con toda seguridad hay que ir para atrás”. O sea, Barba ha verbalizado lo que para mí era una percepción extrasensorial. Y es que a Humala no es que se le olviden las ideas, es que no las tiene, y las que parecen serlas huelen a fritanga velasquista.
Eso sí, discrepo con sus apreciaciones sobre Castañeda Lossio, a quien considera un político con el pensamiento claro y que, “en el caso de llegar a ser presidente, revolucionaría las instituciones”. No lo creo así. A mí, los candidatos mimos, con grapas en los labios, sin banda sonora, que evitan hablar sobre las decisiones que adoptan y toman la sierra eléctrica como si se tratase de una cimitarra, me despiertan desconfianza, una desconfianza instintiva, aguda, persistente. Una desconfianza total, vamos.
Como sea. A este paso y con el calibre de estos candidatos vamos a lo de siempre, y lo de siempre en los comicios peruanos es jugar a la ruleta rusa. Porque a los peruanos nos unirá el cebiche y Gastón Acurio, pero nos separan las elecciones.
Virajes peligrosos
El presidente García ha puesto sobre la mesa el naipe del núcleo ejecutor. El Gobierno Central, las regiones y los municipios no podrán gastar más del 80% de su presupuesto y millones de soles quedarán en caja, suma que gastarían los núcleos ejecutores. La población elegirá en asambleas a estos organismos, y se argumenta que la participación popular acelerará la ejecución presupuestal y controlará la corrupción. No importa que el Foncodes de Carlos Arana gaste 80% en planilla y solo 9% en obra.
La propuesta suena linda, pero extraña en un gobierno que se ha mostrado ciego y sordo dialogando con las poblaciones locales. De súbito, la participación popular se convierte en fórmula mágica para un régimen concentrado en la macroeconomía y que ha transferido casi todo a regiones y municipios. Nadie desmerece semejantes objetivos, trascendentes para un Perú moderno. Sin embargo, si en la administración central se olvida que los gobiernos descentralizados recién balbucean en la cosa pública, entonces, se desencadena la hemiplejia estatal: hay plata, pero no se puede gastar y los pobres son los más afectados.
Si de la indiferencia pasamos a la obsesión en la participación popular, es legítimo que la suspicacia se alce. El núcleo ejecutor es un sistema creado durante la administración de Alejandro Afuso, de Foncodes. Se implementaba sobre la base de un mapa de pobreza. Allí donde no llegaban el ministerio, la región y el municipio se presentaba Foncodes y promovía asambleas comunales, que elegían a sus núcleos ejecutores. El dinero para un puente también alcanzaba para la escuela, porque el pueblo compraba y se movilizaba en la construcción de las obras. Además, trabajar con los pobres extremos no significaba gran cosecha de votos porque, en esas zonas, la población era mínima. El resultado sorprendió al Banco Mundial, al BID y a otras organizaciones multilaterales, que consideraron a la entidad liderada por Afuso un ejemplo planetario.
La pregunta, entonces, es: ¿qué tienen que ver 100 núcleos ejecutores inaugurados recientemente en Lima con los pobres extremos? ¿No hay ministerio, no hay región ni municipios en la capital? ¿Por qué se empieza en el lugar donde nunca se debió comenzar? La propuesta huele a movilización política o a disparo al aire. Si se quiere acelerar el gasto, ¿no se deben dictar medidas de urgencia para producir un terremoto gerencial?
Es increíble, pero el segundo gobierno aprista hasta hoy no sabe cómo vincularse al sector popular no obstante su historia enlazada con la izquierda y las luchas sociales del siglo pasado. Ese vacío es la principal explicación para cualquier avance chavista. El viraje a la derecha es tan traumático que, en el inconsciente aprista, pareciera negarse a lo popular.
Contradicciones
Resulta curioso cómo detrás de los constantes reclamos de las comunidades campesinas y nativas alrededor de las inversiones privadas en sus tierras hay un fondo esencialmente capitalista. Cuando uno dice “otros se están llevando la riqueza de mis tierras”, uno está básicamente defendiendo la (su) propiedad privada, que, desde Roma, implica que los frutos de sus bienes también pertenecen al propietario. Pero no acá, donde una ley contranatura separa la propiedad del subsuelo (entregada al Estado) de la del suelo, convirtiendo así a las comunidades (que suelen tener tierras difíciles, pero abundantes en minerales, petróleo o gas) en los seculares y mayores expropiados de nuestra historia.
Como toda intrusión estatal en la propiedad, esta norma crea distorsiones en el comportamiento económico y trabas para la generación de riqueza.
La razón es muy simple. La propiedad sirve para hacer que recaigan sobre una misma cabeza todas las consecuencias de las actividades que ocurren sobre un bien: si este se destruye, el propietario es quien pierde lo que vale; si produce algo, quien lo gana; si hacerlo producir cuesta, a quien le cuesta. Ello da los incentivos para que haya siempre alguien personalmente interesado en que los bienes sean dedicados a sus usos más eficientes –es decir, a producir lo mayor posible al menor costo– y que, por tanto, se genere más riqueza.
Todo lo que rompe este sistema de incentivos afecta las probabilidades de que actuemos buscando no desperdiciar nada (ni siquiera posibilidades) en los bienes. Así, por ejemplo, si yo sé que los resultados de la explotación minera bajo mi tierra son para una empresa que no me pagó a mí sino al (encima inepto) Estado, lógicamente tenderé a oponerme a esta explotación de la que me van a llegar directamente sobretodo los costos, aunque ella sea por lejos el uso del bien más enriquecedor para la sociedad. Por otro lado, si nunca tengo que ver por mí mismo cómo hacer que esos recursos que esconde mi subsuelo efectivamente valgan, no tengo cómo descubrir lo que, por ejemplo, los supuestos beneficiados de la Reforma Agraria aprendieron tan duramente: que la riqueza no es algo que está simplemente ahí, en la naturaleza, esperando ser recogida, sino que tiene que ser creada en ella a punta, además de trabajo, de tecnología, capital, ingenio y conocimiento.
Podemos darnos una idea de lo que esta distorsión legal causa a nuestra economía viendo el sobrecosto que supone la inestabilidad social y la persistente pobreza de quienes con otro marco, hace tiempo, serían texanos ricos.
Puede que sea verdad que, como dice el refrán, “hecha la ley, hecha la trampa”. Pero ocurre también muchas veces, como en esta, que la ley es la trampa.
Calentamiento Global
El clima siempre ha variado, el problema del cambio climático es que en el último siglo el ritmo de estas variaciones se ha acelerado de manera anómala, a tal grado que afecta ya la vida planetaria. Al buscar la causa de esta aceleración, algunos científicos encontraron que existe una relación directa entre el calentamiento global o cambio climático y el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), provocado principalmente por las sociedades industrializadas.
Un fenómeno preocupa al mundo: el calentamiento global y su efecto directo, el cambio climático, que ocupa buena parte de los esfuerzos de la comunidad científica internacional para estudiarlo y controlarlo, porque, afirman, pone en riesgo el futuro de la humanidad.
¿Por qué preocupa tanto? Destacados científicos coinciden en que el incremento de la concentración de gases efecto invernadero en la atmósfera terrestre está provocando alteraciones en el clima. Coinciden también en que las emisiones de gases efecto invernadero (GEI) han sido muy intensas a partir de la Revolución Industrial, momento a partir del cual la acción del hombre sobre la naturaleza se hizo intensa.
El efecto invernadero es un fenómeno natural que permite la vida en la Tierra. Es causado por una serie de gases que se encuentran en la atmósfera, provocando que parte del calor del sol que nuestro planeta refleja quede atrapado manteniendo la temperatura media global en +15º centígrados, favorable a la vida, en lugar de -18 º centígrados, que resultarían nocivos.
Así, durante muchos millones de años, el efecto invernadero natural mantuvo el clima de la Tierra a una temperatura media relativamente estable y permitía que se desarrollase la vida. Los gases invernadero retenían el calor del sol cerca de la superficie de la tierra, ayudando a la evaporación del agua superficial para formar las nubes, las cuales devuelven el agua a la Tierra, en un ciclo vital que se había mantenido en equilibrio.
Durante unos 160 mil años, la Tierra tuvo dos periodos en los que las temperaturas medias globales fueron alrededor de 5º centígrados más bajas de las actuales. El cambio fue lento, transcurrieron varios miles de años para salir de la era glacial. Ahora, sin embargo, las concentraciones de gases invernadero en la atmósfera están creciendo rápidamente, como consecuencia de que el mundo quema cantidades cada vez mayores de combustibles fósiles y destruye los bosques y praderas, que de otro modo podrían absorber dióxido de carbono y favorecer el equilibrio de la temperatura.
Ante ello, la comunidad científica internacional ha alertado de que si el desarrollo mundial, el crecimiento demográfico y el consumo energético basado en los combustibles fósiles, siguen aumentando al ritmo actual , antes del año 2050 las concentraciones de dióxido de carbono se habrán duplicado con respecto a las que había antes de la Revolución Industrial. Esto podría acarrear consecuencias funestas para la viva planetaria.
Habría que probar
De las pocas cosas que quedan del discurso del 28 destacan la propuesta de renovación por mitades del Congreso y la segunda vuelta para las elecciones regionales.
Hay críticas valederas a lo primero: que se trata de congraciarse con la población que detesta a los congresistas, que hay una confusión interesada entre renovación y revocatoria, que es extemporánea ya que debió lanzarse al inicio del gobierno, que puede traer inestabilidad política al aumentar los periodos de campañas electorales. Se podría agregar que es solo una reforma aislada y que otras, “menos populares”, como la eliminación del voto preferencial, el voto voluntario, la reducción del tamaño de las circunscripciones y el establecimiento de Senado pequeño macrorregional o con distrito único, no han sido incluidas.
Aun con todo ello, es un avance y que el Parlamento debería aprobarla. Nada puede ser peor que mantener un Congreso “mediocre y corrupto” (como lo bautizara Augusto Álvarez en el periodo pasado) y que empeora con cada nueva camada de ‘otorongos’. La población al poco tiempo no se siente representada por sus congresistas y es absurdo mantener esa ficción por cinco años. Elegir a la mitad cada dos años y medio ayudaría a recomponer, aun cuando sea un poco, la confianza en las autoridades y a expresar mejor la correlación política del país. Es real, pero relativo, lo del “ruido político” que ello generaría, porque una elección parcial y solo parlamentaria despierta mucho menos interés y pasiones que las nacionales y municipales.
A favor de la reforma está también que ayuda en la relación estabilidad/cambio que es una tensión permanente en el país. Los riesgos de mantener el asfixiante continuismo son equivalentes al de empezar todo de nuevo. Que una parte de los parlamentarios “antiguos” se queden con el nuevo presidente ayuda a una cierta estabilidad y que la otra mitad se cambie a mitad de periodo favorece el cambio.
En relación con la segunda vuelta regional, Fernando Tuesta ha planteado observaciones inteligentes, que se pueden sintetizar en que nada garantiza que la calidad de la gestión esté asociada al número de votos y que hay dificultades, a discutir en serio, con el impacto que la segunda vuelta tendría en la forma de elección de las listas de consejeros regionales.
Pero, aunque no sea una panacea, sería mejor tener presidentes regionales elegidos por una coalición algo más amplia y que no tengan, desde el día siguiente, al 83% en contra. Ello puede ir generando, con el tiempo, un hábito para la concertación que reduzca el abrumador fraccionamiento de nuestra política. En todo caso, ninguna de las dos medidas parece poder traer más problemas que beneficios. Habría que probar.
Contradicciones
Yo no sé en qué momento habrá sido que una maldición cayó sobre el Ministerio del Interior y sus ministros. Pero de que una oscura fuerza los lleva al abismo, de eso no me cabe la menor duda. Porque el truculento guion parece repetirse. Y empieza siempre con un anuncio pomposo del recién juramentado. En el caso de Cabanillas fue “poner la casa en orden” con un reglamento colegial de “moral y buenas costumbres”. Los “jugadores” tenían que ser discretos y los gays guardarse los arrumacos para su sala, con las persianas bien cerradas. Además, ay de los que no se enrollaran bien las toallas en las duchas de la comisaría porque, sino, de patitas a la calle. Bueno, y ya sabemos cómo terminó.
Ahora el nuevo ministro del Interior, general Octavio Salazar, anuncia muy campante que la mejor forma de combatir la microcomercialización de drogas en el Perú es penalizando a los consumidores. Es decir, convirtiendo al enfermo en delincuente. Y ya prepara el general su proyecto de ley para el Congreso.
Habría que preguntarse cómo hará el general para perseguir a los 62,979 nuevos consumidores que, según Devida, han hecho uso, solo durante el último año, de todo tipo de drogas. Es decir, si no puede con los paqueteros que son muchos menos y que además están claramente localizados, cómo va a poder echarle el guante a esa multitudinaria diáspora de consumidores. Y eso, amén de lo que significa para el Poder Judicial afrontar el regalito de las decenas de miles de delincuentes nuevos por año. O sea, mientras el ministro de Justicia habla de despenalizar, de que ni un reo más entra en su gestión a Lurigancho, el ministro Salazar dice todo lo contrario.
Pero lo cierto es que ninguna de las preguntas tiene realmente sentido alguno. Y no lo tiene porque todos sabemos perfectamente que esta propuesta es puro cuento. Que a la policía le importa un bledo la lucha contra la microcomercialización porque esta es un negocio no solo para los paqueteros, sino para la policía. ¿Exagero? No lo creo. A ver, ministro. ¿Sabía usted que justo a la espalda de la División de Requisitorias, entre Canadá y Vía Expresa, se encuentra uno de los principales antros de expendio de drogas de Lima? ¿Cómo puede ser posible que este mercado funcione en la calle trasera de la dependencia policial encargada de meter a la reja a los delincuentes? ¿Cómo si no es con la anuencia de la misma policía? Anuencia que, por supuesto, no es gratis, ¿verdad? Todo ello según s epudo comprobar a través de un programa periodístico nacional recientemente emitido. Y así como este ejemplo, cientos. No hay más que preguntarle a los vecinos que conocen su zona.
En Cajamarca puede ser que la realidad sea distinta, de todas formas la idea propuesta por el general no parece la más idónea, más aún si tenemos en cuenta el rápido crecimiento que ha tenido la ciudad en los últimos años y con ella sus infinitos problemas.
Después del discurso
Alan García, como la materia, ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Es alto, amplio como un bargueño, suele disfrazarse de lo que dicte la coyuntura, usa la lengua como instrumento político y habla con palabras deshuesadas y ademanes grandilocuentes que pretenden darle significado a sus sinsentidos. Su mensaje del pasado 28, por ejemplo, expresa algo de lo que digo. Experto en repartir amnesia y confusión a manos llenas, García nos dedicó palabras, palabras inconexas, atropelladas, trilladas, torrenciales, palabras que se estiran como chicles y se desdicen, de esas que llegan en avalancha, avasallan por un rato y luego son devoradas por el viento. Nos habló, verbigracia, de una democracia representativa que tiene la cara de Alva Castro, la oratoria de Velásquez Quesquén y la gramática de Carlos Arana. También se dedicó a acuñar términos crípticos y conceptos enigmáticos como aquel de la Descentralización Popular no Burocrática, que solo entienden él y el Espíritu Santo, y que en vez de conectar con la opinión pública conectó con la derecha de gorrito Lacoste, pues hace rato que colgó el sombrero bombín. Y así, como si se tratasen de dogmas de fe, nos embutió este líder insolvente supuestos logros alcanzados heroicamente, promesas que jamás se cumplirán, pretendiendo poner la carreta de la demagogia por delante de los bueyes del sentido común.
Pese a ello, no dejan de sorprenderme los opositores que apechugan, los Igores que lo sirven, los editoriales forrados en incienso que hablan de un “mensaje extraordinario”, que ha sido “el mejor en lo que va de su segundo mandato”, y cosas similares. ¿Y la corrupción? ¿No era acaso un ítem que merecía un desarrollo y un planteamiento serio para su erradicación? ¿O era más importante hablar de los teléfonos celulares? ¿Y la autocrítica? ¿Es que no existe alguien en el gabinete que ose decirle a García que, luego de cuatro años de gobierno, era necesario también hacer un recuento de errores y omisiones cometidos? ¿O el gabinete no es sino lo que dibujan los caricaturistas, es decir, una corte al estilo de los cuentos de Andersen, incapaz de encarar al reyezuelo al que le confeccionan un traje inexistente?
Pero así es Alan, señores. Cuando el señor García se pone a farolear, le gusta hacerlo a lo grande y empaqueta con solemnidades esnobistas sus ofrecimientos. Como aquella cárcel selvática, que ha quedado fijada en nuestras mentes igual que una alcayata, y que ya suena a metida de pata. O aquella otra, la de los comicios interminables, que en estos tiempos de analfabetismo laico va a suscitar más problemas que soluciones. O esa lisérgica, de la Descentralización Popular no Burocrática, que le ha sorbido el cerebro a Velásquez Quesquén, pues cada vez que intenta pensar de qué va esa cosa –porque la prensa en algún momento se lo preguntará– en su cabeza aparecen insistentemente las siglas NI. NI. NI. Ni idea, o sea.
La Lectura
Muchas veces los padres solicitan consejos para incentivar en sus hijos el gusto por la lectura y otras, simplemente, se resignan a decir que a los niños no les interesa leer. Es innegable que en esta época de video-juegos e internet resulta bastante difícil suponer que los alumnos, en especial siendo adolescentes, se refugien en los libros para buscar fuentes de entretenimiento o placer. Por ello, Panorama Cajamarquino lanzará en los próximos días una campaña de lectura nivel regional.
El hábito de la lectura, como todo hábito, no se adquiere por arte de magia, sino que es el resultado de una serie de factores que interactúan en la creación de un ambiente propicio para la formación del niño lector. Y estos factores o condiciones determinantes, que enumeraré a continuación, deben nacer del seno familiar.
La presencia de libros en los hogares, como así también su valoración y uso cotidiano contribuye a establecer en el niño vínculos intrínsecos con el hábito de leer. Es natural que el pequeño empiece por imitar a sus padres, aunque tome el texto al revés, cuando estos están leyendo.
Los adultos, que dedican poco tiempo a la lectura, se encuentran en desventaja a la hora de exigir a sus hijos que se aboquen a ella. Por lo tanto el primer paso para los padres es concientizarse sobre el valor del hábito de leer y, una vez logrado, tratar de servir de modelo a sus propios hijos.
Aunque resulte difícil debido al ritmo vertiginoso en que actualmente se vive, es imprescindible que los papás dediquen parte de su tiempo a compartir los momentos de lectura con sus niños. En la infancia es necesario leerles con la mayor expresividad y elocuencia posible para que el pequeño, al escuchar, desarrolle su imaginación; más adelante cuando el niño ya se ha convertido en un lector independiente bastará con participar o intervenir en comentarios que permitan corroborar si ha comprendido lo leído.
Hay que tener siempre presente que la lectura, además de un hábito, es una actividad intelectual que se manifiesta claramente al interpretar el texto y reconstruir su significado. Es conveniente, además, destinar en la casa un espacio apropiado para los libros. Este puede variar desde una valiosa biblioteca a una simple repisa. Lo importante es que los pequeños adviertan que estos huéspedes ilustres tienen su propio sitio en el hogar.
Seleccionar los libros de acuerdo con el gusto y la maduración del niño es otro de los requisitos a tener en cuenta. En la etapa preescolar son aconsejables los libros con coloridas y elocuentes ilustraciones, con textos rimados, de los que se desprenda cierta musicalidad y con frases reiteradas que estimulen la memoria del pequeño y le permitan incorporar nuevo vocabulario.
Las otras cifras
Ya sabemos que es imposible abordar todos los temas importantes en el discurso del 28 de Julio. Sin embargo, una cosa es obviar determinados ítems que responden a intereses particulares y otra, muy distinta, pasar por alto los grandes temas nacionales, de cuya solución depende nuestra viabilidad como país. El narcotráfico y la corrupción caen en ese paquete y han sido las grandes ausencias del mensaje que pronunció Alan García el martes en el Congreso.
Sobre la corrupción, el presidente ha amenazado con mandar a los “ladronazos” a una colonia penal que se está construyendo en la selva. El detalle es que tal penal no existe y nadie sabe muy bien de dónde sacó García la idea; pero no hay problema, ahí está Aurelio Pastor listo para salvar este anuncio improvisado.
La omisión a la lucha contra las drogas pinta aún peor. En todo el discurso, el presidente se limitó a resaltar la labor de la Policía destacando que ha hecho grandes avances en la lucha contra el narcotráfico y el lavado de activos, y agregó que “eso nadie lo puede dudar, salvo los desinformados”. Si analizamos, sin embargo, las cifras oficiales y las de los organismos que estudian el tema, descubrimos que el gran desinformado es el presidente, que ve logros ahí donde solo podemos exhibir preocupantes fracasos.
De acuerdo con el Monitoreo de Cultivos de Coca en el Perú 2009, las hectáreas dedicadas a esta planta aumentaron 4.5 por ciento. Esto significa que de nuestro suelo sale nada menos que el 36% del clorhidrato de cocaína que se aspira en el mundo. Somos el segundo lugar del planeta (nos gana Colombia) y, a pesar de los esfuerzos de combatir en el VRAE, la zona con más hoja de coca por metro cuadrado del universo, el Ejército no consigue logros importantes.
No hay que ser un capo de Inteligencia para saber que si a alguien le conviene que prospere el antisistema en nuestro país es al narcotráfico. ¿Se han puesto a pensar con cuánta facilidad se traslada la droga, o entran los insumos químicos, al Huallaga o al VRAE cuando la Policía está ocupada atendiendo un paro de cocaleros o desbloqueando una carretera? ¿Se ha detenido a contar el presidente cuántos efectivos se le han muerto acribillados por una bala con olor a coca?
García insiste en que hay un complot internacional que acecha nuestra democracia. De acuerdo, pero este no se esconde en una ONG fanática de la ecología ni tras la sotana de curas defensores de los comuneros. El complot al que realmente debería temerle García mueve 20 mil millones de dólares al año en el Perú, tiene jóvenes armados, alcaldes comprados, controla territorios, contamina bosques, droga a nuestros hijos, y podría, si se lo permite un Estado débil, colocar incluso al próximo presidente.
