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Sobre Bob Dylan

La historia del Premio Nobel de Literatura 2016 se hace más extrema al no poder la Academia Sueca contactarse con el premiado Bob Dylan para decirle, precisamente, que se le ha otorgado el ansiado y esquivo galardón. Pero hay tiempo para seguir tratando de entender los trasfondos del premio. El semanario arequipeño La Voz y la revista venezolana Letralia, publican un artículo mío sobre Dylan, a quien invitamos a esta silla, para entender lo que en el mundo pasa.

Bob Dylan, premiado inubicable


Bob Dylan: de músico a poeta, o viceversa
Por: Alfredo Herrera Flores
UNO,
Desde hace ya algunos años, la concesión del Premio Nobel de Literatura genera más resentimientos que celebraciones. Ya no es noticia el nombre del premiado sino el saber a quién no se lo dieron, o los galardonados terminan dándose cuenta que tienen más enemigos que amigos. Lo cierto es que la historia del Premio Nobel, en especial el de Literatura, tiene una historia paralela que tal vez sea la más importante: la del ejercicio de entender cómo va cambiando nuestro mundo, el mundo de los humanos. El mundo, la sociedad, la cultura, la realidad, la historia, como quiera llamársele, se ha explicado mejor, desde el inicio de los tiempos, a través del arte en general, y de la literatura en particular.
Que sea la literatura el arte que mejor refleje la realidad es una afirmación que se ha interiorizado con los años en todas las culturas, así como reconocer que la literatura es la mayor expresión artística a la que puede aspirar la creatividad humana, si no, no se explicaría por qué el de Literatura es el Premio Nobel más importante, el de mayor trascendencia  y el más esperado por la prensa internacional. Podríamos probar esta afirmación preguntando cuántos de los que comentaron, a favor o en contra, el premio a Bob Dylan recuerdan a quién y por qué se le entregó el Premio Nobel de Física, por ejemplo.
Sin embargo, el acontecimiento que ha remecido el ambiente cultural esta semana merece algunas reflexiones, explicaciones y, por supuesto, especulaciones, para tratar de entenderlo, y superar ya las bromas, los excesos y los comentarios superfluos y nimios que, incluso, han dejado entrever que cualquier músico que escribe letras bonitas para la masa, y la masa cree que son poetas, deba merecer un premio de esta naturaleza. Creo que la Academia Sueca no se equivoca, pues nunca se ha rectificado ni le ha quitado el premio a nadie; y si no se lo ha otorgado a alguien que se lo merece, eso engrandece al autor y no perturba a la Academia.
DOS
Bob Dylan no se llama Bob Dylan, sino  Robert Allen Zimmerman, y nació el 24 de mayo de 1941, cuando iniciaba la Segunda Guerra Mundial. Sus abuelos eran inmigrantes ucranianos y lituanos, llegaron a Norteamérica escapando de presiones antisemitas, y se instalaron en Minnesota. Ya en la escuela demostró su talento musical, pero también mostró su rebeldía y ánimos para enfrentarse a las normas establecidas. Sus biógrafos recuerdan una audición en la que el director de la escuela tuvo que apagar el micrófono ante los “gritos” del joven cantante. Pronto se integró a pequeñas bandas utilizando seudónimos, hasta que se identificó como Bob Dylan.
Robert Shelton, uno de sus biógrafos, relató que el seudónimo derivó de Bob Dillon hasta Dylan, pero el músico le pidió expresamente entonces que explicara que no había alusión al poeta Dylan Thomas; pero este comentario demuestra ya que el joven Dylan era un lector atento de la poesía contemporánea norteamericana, una cualidad que no todos los músicos de éxito tienen. Años después reconocería que había sido tempranamente influenciado por la poesía de Dylan Thomas y otros autores clásicos. Manuel Vilas dice en un artículo en el diario ABC que Bob Dylan  es “hijo de Walt Whitman (el ícono de la poesía estadounidense) y como tal sus letras y su música contienen un canto general a la utopía americana”.
La historia musical de Dylan es harto conocida y reconocida, y no hay cómo negarla o desconocerla, pero el premio que acaba de obtener ha cuestionado nuevamente el alcance de las manifestaciones artísticas: ¿es la letra de una canción un poema? ¿un autor de canciones es un poeta? ¿si se musicaliza un poema se convierte en una canción? Y también ha cuestionado el alcance del premio como tal: ¿un cantante puede recibir un premio literario? ¿cuáles son los límites de la literatura? Ensayar respuestas implicaría llenar muchas páginas o generar discusiones dignas de un postgrado, pero la misma Academia Sueca ya había ido dando respuestas al respecto.
Bob Dylan es considerado como barítono ligero, por su tipo de voz, que es considerada expresiva por excelencia y puede amalgamar la claridad y la flexibilidad a la fuerza y esplendor. En la ópera, por ejemplo, el villano o el hombre con poder, es interpretado por un barítono. Pero es el contenido de sus canciones, las letras, las que, según la crítica, mayor valor tienen y configuran el aporte de Dylan a la cultura contemporánea.  Sin embargo, solo ha publicado oficialmente dos libros: un poema con tono de monólogo interior titulado “Tarántula” y el primer volumen de sus memorias. La crítica considera a “Tarántula” como un libro sin trascendencia, pero sus memorias muestran un rico panorama de la cultura de fin del siglo veinte. En las últimas décadas se han recogido las letras de sus canciones sin que se configure un corpus literario que lo convierta en un poeta, como señala el canon literario.
Su influencia ha sido abiertamente reconocida por músicos como Jimi Hendrix, Bruce Springsteen, Paul Simon, Patty Smith, entre una larga lista de rockeros norteamericanos; de latinoamericanos como Andrés Calamaro, Charly García, León Gieco, o españoles como Bunbury y Sabina.
Y TRES
No debería ser novedad que Bob Dylan reciba un premio de reconocimiento mundial. Antes de obtener el Premio Nobel, ya había recibido otros del mismo nivel de importancia: además de los Grammys y Globos de Oro, en 1990 fue investido “Caballero de la Orden de las Artes y las Letras” por el Ministerio de Cultura de Francia, el 2000 obtuvo el Premio de Música Polar de la Real Academia Sueca de Música, el 2007 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes y el 2008 un premio honorario nada menos que del Premio Pulitzer. En el campo estricto de la influencia musical, la revista Rolling Stone lo consideró como el segundo de la lista de los cien mejores artistas de todos los tiempos, detrás de Los Beatles.
Quienes celebran el premio a Dylan, opinan además que la Academia Sueca abre las puertas a todas las artes, como lo fue haciendo con filósofos, políticos y activistas. En este caso, también se reconoce el aporte cultural de toda una generación que estuvo marcada por el fin de la post guerra, la guerra de Vietnam, la Revolución Cubana, la revolución cultural China, la carrera por conquistar el espacio, la Revolución del 68, la caída del Muro de Berlín, la Perestroika, la revolución de las telecomunicaciones, las dictaduras militares en Sudamérica. Su expresión artística encuentra un cauce que nace con el concierto de Woodstok y se expande con el movimiento hippie y el movimiento beat, del cual Bob Dylan formó parte.
¿Ha sido, entonces, Dylan un poeta escondido bajo la piel del cantor? ¿O es Dylan un cantor cuyas canciones han traspasado las fronteras de la poesía? Hay que leer a Bob Dylan, a su generación, su aporte cultural, su propuesta estética, su visión política. Manuel Vilas dice: “quiero pensar que en Bob Dylan se premia a toda una tradición que llevó la música popular a un grado de excelencia artística”. Víctor Vich va más allá y habla de reconocer el proceso de una revolución, a la que asistimos sin darnos mucha cuenta de los cambios y las consecuencias. Diego Manrique, en el diario El País, dice además que se “premia a un ejemplo moral”: Dylan representó la revolución, pero también apostó por su familia, por el arte, mientras los jóvenes esperaban que se ponga al frente de sus marchas, pero él lo hacía con su música, con sus canciones, con poesía, que es la esencia de la revolución.



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Ida Vitale es Premio de Poesía Federico García Lorca

El Nobel distrajo nuestra atención por unos instantes, y volvimos a lo nuestro con otra buena noticia: el Premio de Poesía Federico García Lorca ha sido otorgado este año a la poeta uruguaya Ida Vitale (Montevideo, 1923) extraordinaria escritora que ha ejercido influencia en la poesía latinoamericana hacia la década del sesenta, junto a otros grandes como Juan Carlos Onetti (en la narrativa) y Mario Benedetti. Hay una nota brece en ABC de España, y esta silla se honra con tres de sus poemas.

Ida Vitale, poeta ejemplar



Mariposa, poema

En el aire estaba
impreciso, tenue, el poema.
Imprecisa también
llegó la mariposa nocturna,
ni hermosa ni agorera,
a perderse entre biombos de papeles.
La deshilada, débil cinta de palabras
se disipó con ella.
¿Volverán ambas?
Quizás, en un momento de la noche,
cuando ya no quiera escribir
algo más agorero acaso
que esa escondida mariposa
que evita la luz,
                                 como las Dichas.

Obstáculos lentos

Si el poema de este atardecer
fuese la piedra mineral
que cae hacia un imán
en un resguardo hondísimo;

si fuese un fruto necesario
para el hambre de alguien,
y maduraran puntuales
el hambre y el poema;

si fuese el pájaro que vive por su ala,
si fuese el ala que sustenta al pájaro,
si cerca hubiese un mar
y el grito de gaviotas del crepúsculo
diese la hora esperada;

si a los helechos de hoy
-no los que guarda fósiles el tiempo–
los mantuviese verdes mi palabra;
si todo fuese natural y amable…

Pero los itinerarios inseguros
se diseminan sin sentido preciso.
Nos hemos vuelto nómades,
sin esplendores en la travesía,
ni dirección adentro del poema.

Paloma

Posada la paloma
en la pared blanquísima
blanca es y reverbera,
es de veras,
                        es verbo,
nos venga.
Blanca posada pide,
pasajera.

De pronto es negra.
                                         Vuela.



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Leonard Cohen: sobre la muerte

El poeta y cantante Leonard Cohen habla sobre la proximidad  de la muerte. Duras palabras, ejemplares tal vez. La nota viene en el diario ABC de España.

Leonard Cohen

El poeta, novelista y cantante canadiense Leonard Cohen cumplió a finales del mes de septiembre 82 años.
Su música sigue rodando. Está a punto de sacar un disco, «You want it darker» (algo así como «Lo quieres más oscuro», en el que quizás también hay algo de sus pensamientos recurrentes) el próximo 21 de octubre, el número 14 en los 49 años de carrera discográfica y que ha sido calificado de «obra maestra» y «clásico Cohen» por los pocos privilegiados que ya han podido escucharlo.
Quizás por ello nadie esperaba que se «desnudara» de tal forma ante un periodista: «No creo que sea capaz de terminar esas canciones. Tal vez, ¿quién sabe?. Y tal vez consiga uan segunda visión, no lo sé. Pero no intento unirme a ningun aestrategia espiritual. No me importa eso. Tengo trabajo que hacer. Cuidar mis asuntos. Estoy listo para morir. Espero que no sea muy doloroso. Eso es todo para mí».
Es lo que declaró a la prestigiosa publicación «The New Yorker» en una entrevista a David Remnick.

«Nuestros cuerpos se desmoronan»

Sus palabras llegan después de la muerte el pasado mes de julio de Marianne Ihlen, quien fue su musa.
El genio canadiense le envió una carta dos días antes de que muriera en el que le decía: «Bueno Marianne, llegamos a este punto en el que somos tan viejos que nuestros cuerpos se desmoronan y creo que yo te voy a seguir muy pronto. Estoy tan cerca detrás tuyo que si estirás la mano, creo que podés alcanzar la mía».



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Recordando y releyendo a Edgar Guzmán

En el semanario La Voz aparece mi artículo sobre la poesía de Edgar Guzmán, recordado filósofo, maestro universitario y amigo. Esta silla lo recibe con el respeto que se merece.

Nota en La Voz, de esta semana


Edgar Guzmán, poeta vuelto a leer
Por: Alfredo Herrera Flores
Una conversación entre amigos trae la noticia de que uno de los poetas arequipeños que está siendo leído cada vez con más atención en los ambientes académicos de Lima, convirtiéndose en una suerte de autor de culto, es Edgar Guzmán Jorquera. Autor de no más de cuatro libros de poesía, filósofo y respetado profesor universitario, Guzmán gozó de una fama literaria que parecía no haber trascendido los círculos culturales locales; pero ahora, algunos años después de su muerte, el creciente número de lectores y los estudios de su obra que se están haciendo, están ubicando al poeta mistiano en un interesante lugar de la literatura peruana.
Sin embargo, el nombre de Guzmán no es desconocido en el panorama literario nacional. Tito Cáceres lo antologa en su libro “Antología de la poesía arequipeña 1950 -2000” (2007) y Ricardo Gonzales Vigil lo considera como de los más jóvenes de la sobresaliente generación el 50 en “Poesía peruana del siglo XX” (1999), no solo gracias a sus pocos libros publicados, sino a la calidad de su poesía, que ya llamaba la atención de una manera particular.
Recordé, entonces, que conocí a Edgar Guzmán la noche en que presentó su libro “Perfil de la materia”, en 1987, en un sencillo acto en que el poeta Walter Márquez comentó el texto, y trabamos una respetuosa amistad que combinó la también respetuosa relación de profesor y alumno. Pero hay que confesar que no fue fácil la lectura de ese libro cargado de imágenes cultas y reflexivas, definitivamente influidas por su formación filosófica. Al mismo tiempo, era un libro para disfrutar por las mismas razones. Cito casi de memoria: “Y onduló la serpiente, embebida en su ser veloz cuerda de miel en un crisol de orquestas…”.
Luego, en 1993, apareció un libro que, particularmente, me haría ver de diferente manera la poesía: “Trilogía del mar” (hasta hoy envidio el título) que reunía tres versiones de un solo tema: escritas con una considerable diferencia de años, pero que reflejaba a un poeta que transcurría de la razón a la emoción con una fineza y cultura muy particulares.
Quienes lo conocimos lamentamos mucho su repentina muerte, el año 2000. Diez años después, en coedición entre Cascahuesos editores y la Universidad Nacional de San Agustín, se publicaría toda su obra bajo el título “Obra poética completa”, un volumen que además de los dos libros ya mencionados, contenía uno anterior, “Hilos”, un poema enigmático: “Rondando la casa de la Dickinson”, poemas sueltos y algunos hallazgos, además de correspondencia entre dos sus amigos entrañables, su contemporáneo Juan Ríos y el arequipeño Hugo Yuen, y una breve galería fotográfica. Es muy probable que sea este libro la principal fuente de estudio de los académicos capitalinos, pues no se conoce otra obra que reúna su poesía, aparte, claro, de los libros mencionados y algunos textos que deben haber aparecido en revistas o antologías.
A poco de cumplirse dieciséis años del fallecimiento de Edgar Guzmán (2 de noviembre del 2000) es oportuno repasar su aporte a la literatura arequipeña. “Perfil de la materia” debe ser el libro de poesía más denso, en el sentido que da su carga temática, su lenguaje barroco  y su estructura compleja, de la poesía local. Algunos críticos lo acercan a poetas como Martín Adán, José Lezama Lima o Carlos Germán Belli, que incluso son considerados como “oscuros”, “intimistas” o “reflexivos”.
Guzmán había trascendido a la temática de la poesía localista, concentrándose en el razonamiento y la meditación, la abstracción y el análisis, para encontrar respuestas a sus cavilaciones, a su deseo de explicar todo lo que rodea al ser humano, a quien consideraba como un ente maravilloso, infinito, cuyos principales objetivos debían ser practicar el bien y entender el mundo que lo rodeaba.



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Juan Diego Flórez, el divo moderno

El tenor peruano es noticia permanente en Europa, especialmente en españa, donde prensa y público celebran cada presentación. Es concido ahora como el divo moderno. La nota viene en El País.

En plena actuación, el divo peruano
Escribe: Jesús Ruiz Mantilla
EL PAÍS

Al divo moderno le traen al pairo las rigideces y la insipidez protocolaria. Pero eso no quiere decir que menosprecie el rigor. Siempre que se presente mezclado convenientemente con una fiesta. A poder ser, latina. Juan Diego Flórez (Lima, 1976) lleva 20 años sobre los escenarios. Sin bajar de la cumbre como tenor lírico desde que la fortuna se le cruzara en el camino y tuviera que hacer una sustitución en el Festival de Pesaro para cantar Le Comte Ory (Rossini).
En este tiempo ha aprendido a entenderse como una especie única. Se ha sacrificado para una constante entrega que en el pasado le constreñía y le pesaba un tanto, pero de la que hoy se ha liberado. Ahora, en mitad de su espléndida madurez, parece que ha decidido disfrutar un poco más de la música que siente y transforma en una muy personal manera de concebir lo que domina.
Y ese es un apartado que abarca mucho: desde un impecable Rossini a Chabuca Granda y de los románticos franceses o el neoclasicismo de Gluck al bolero y al son cubano. Su capacidad para poner en valor el sano eclecticismo resulta tan natural, que asombra como aporta swing a Donizetti con la misma destreza que entona un do de pecho para un cha cha cha.
Si a esto le añadimos un fuerte compromiso social, fiel a los orígenes callejeros que en la Lima de los años setenta y ochenta le vieron crecer y formarse a fuerza de diversos golpes, nos sale una ecuación vigorosa, sorprendente: un ejemplo de complejo artista muy acorde con las posibilidades que ofrece para la música el siglo XXI.

Su paisano Vargas Llosa certificó que ya le acompaña una biografía de leyendas y mitos, “gran parte de los cuales son verdad”

Lo presentó Mario Vargas Llosa. El premio Nobel paisano suyo certificó que ya le acompaña una biografía de leyendas y mitos, “gran parte de los cuales son verdad”. Le acompañó Pablo Mielgo al frente de la Orquesta Sinfónica de Baleares. Le patrocinaba Telefónica, junto a la que se ha unido como embajador en una alianza que funde música y tecnología. Se alió en el escenario con la soprano Marina Monzó y la mezzo Karine Deshayes, para demostrar la frescura que requiere Rossini en las puestas de largo. Y agarró su guitarra en las propinas para enternecer al público con un popurrí de canciones peruanas. Las que le enseñaba de niño un padre músico, no muy pendiente de las obligaciones familiares.
Todo ello lo hizo con un propósito: recaudar fondos para Sinfonía por el Perú, la iniciativa que puso en marcha hace cinco años y que hoy, con 6.000 alumnos en sus aulas atados a la tabla de salvación que supone un violín, un clarinete, un contrabajo… sortean la maldición y las estrecheces de la pobreza en busca de un futuro mejor.
Junto a ellos, en conexión digital con el nuevo centro que ha abierto Sinfonía por el Perú en Lima, entonó dos veces La donna e mobile. Repitió el aria verdiana de Rigoletto, no por aclamaciones, sino porque entró tarde en la primera y le dio la gana redondearla bien a la segunda. Para entonces, había ya llevado tanto el espectáculo a lo que le convenía que nadie —ni el mayor de los puristas— se lo tomó en cuenta.
Flórez anda ya tan por encima del bien y del mal. Ha dejado para la historia lírica tantas marcas —incluidos bises en la Scala que nadie ofrecía desde hacía más de 70 años— que impone su ley como le parece. Y esta responde a una curiosa mezcla de espontaneidad y respeto a lo que le ha hecho grande. Entre otras cosas, su dedicación muy severa y exclusiva a los repertorios exigentes del belcantismo o la ópera francesa.
De ambas ofreció prueba centrado en Rossini, Offenbach y Massenet. También dejó clara su personalidad al entonar alejado de la languidez y la nostalgia J’ai perdu mon Eurydice, de Gluck, y convertirla en un aria, a su criterio, tensa y rabiosa. Son los gloriosos y justificados caprichos de una figura a la altura de los tiempos. El perfecto ejemplo del divo moderno.



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El Señor de Sipán nos ve

El equipo de investigación del complejo del Señor de Sipán acaba de revelar el que habría sido el rostro de uno de los  más poderosos gobernantes del antiguo Perú, gracias por su puesto a la tecnología. La nota viene en el diario El País.

El Señor de Sipán a rostro descubierto

La recreación del rostro del Señor de Sipán, el mayor soberano de la cultura prehispánica Mochica, ha desvelado la apariencia que tuvo el primer gran gobernante que se conoce del antiguo Perú, cuya figura es comparada con el faraón egipcio Tutankamón por su fastuosa tumba.
El Señor de Sipán, que reinó en la costa norte de Perú durante el siglo III d.C., mucho antes de que llegaran a esa zona los Incas, gozó de buena salud antes de fallecer a una edad que oscila entre los 40 y 55 años, según los análisis forenses hechos a su cráneo por el equipo de especialistas brasileños que recreó su rostro.
El resultado de la investigación fue presentado el pasado 21 de septiembre por el arqueólogo peruano Walter Alva, descubridor de la tumba del Señor de Sipán en 1987, y el diseñador Cícero Moraes y el odontólogo forense Paulo Miamoto, ambos miembros de la ONG Equipo Brasileño de Antropología Forense y Odontología (Ebrafol).

El Señor de Sipán
El Señor de Sipán– EFE

La presentación del rostro recreado del más reconocido exponente de la cultura Mochica fue lo más esperado de la jornada inaugural del octavo Congreso Internacional de Computación y Telecomunicaciones (Comtel), organizado en Lima por la universidad privada Inca Garcilaso de la Vega.
Moraes y Miamoto, conocidos por haber recreado anteriormente los rostros de los santos peruanos Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres, comentaron que la mayor dificultad en el caso del Señor de Sipán fue reconstruir su cráneo.

Una calavera deformada por las ofrendas de oro

La calavera del gobernante se encontró fragmentada y deformada por el peso de las ofrendas de oro y del resto de sus riquezas que fueron colocadas en su tumba cuando fue sepultado hace cerca de 1.700 años.

El arqueólogo Walter Alva
El arqueólogo Walter Alva– EFE

Los investigadores utilizaron programas informáticos para ensamblar el cráneo con los trozos que faltaban, aplicarle técnicas forenses y añadirle los tejidos que lo rodean, en los que se calculó algunas variantes como las dimensiones y la forma de la nariz.
Walter Alva afirmó que «ha sido un verdadero reto llegar a este resultado con un cráneo tan maltratado por el tiempo», ya que se encuentra «severamente afectado y en un estadio de fraccionamiento muy fuerte».

«La impresión que me causó es tan significativa como casi el mismo descubrimiento de la tumba. Es una nueva manera de recuperarlo del anonimato»Walter Alva, arqueólogo

«Hicimos un gran esfuerzo por reconstruirlo porque no tenemos la suerte de tener una preservación tan buena como el caso de los faraones momificados, que en algunos casos conservan incluso restos de tejidos», indicó Alva.
El arqueólogo aseguró luego a Efe que la recreación del rostro del Señor de Sipán ofrece la apariencia más aproximada a la realidad de lo que fueron las características físicas de un personaje que para su tiempo representó el poder divino sobre la tierra.
«La impresión que me causó es tan significativa como casi el mismo descubrimiento de la tumba. Es una nueva manera de recuperarlo del anonimato y que, además, trae a los peruanos un símbolo de una raza y una identidad», dijo Alva.
El descubridor del Señor de Sipán añadió que la raza originaria del norte de Perú tiene unas características inconfundibles y el rostro del gobernante presenta «rasgos de su investidura que además denotan su nobleza».
Moraes anunció que el busto con el rostro del Señor de Sipán y su cráneo ensamblado serán impresos en tres dimensiones para ser expuestos en el Museo Tumbas Reales de Sipán, que conserva los restos y las ofrendas halladas en la tumba del gobernante, con otras quince sepulturas que corresponden a los miembros de su corte real.
La tumba del Señor de Sipán fue descubierta hace 29 años por un equipo de arqueólogos dirigido por Alva en la zona de Huaca Rajada, situada cerca de la ciudad de Chiclayo, en la región de Lambayeque, a unos 860 kilómetros al norte de Lima.

EFE/Limahttp://www.abc.es/cultura/abci-rostro-senor-sipan-primer-gran-soberano-antiguo-peru-201609271047_noticia.html



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Umberto Eco, periodismo y sociedad

Un breve texto publicado esta asemana en Arequipa, en el semanario La Voz.

Imagen del texto en La Voz


“Número cero”, una reflexión sobre periodismo y sociedad
Por: Alfredo Herrera Flores
Antes de morir en febrero de este año, Umberto Eco acababa de publicar el que sería su último libro, “Número cero” (Lumen, 2015), una novela sobre el periodismo, otra de las pasiones del intelectual italiano conocido en el mundo académico como uno de los renovadores de la semiótica y en el mundo literario como autor de la novela “El nombre de la rosa”.
El protagonista de “Número cero” es un periodista que viene de la experiencia del fracaso, pero es convocado por el director de un nuevo periódico, propiedad de un oscuro y desconocido empresario que intenta, a través del nuevo medio de comunicación, incorporarse a los altos círculos del poder político para obtener beneficios personales. Su encargo es reclutar periodistas para escribir y publicar el periódico, pagándoles sueldos apetitosos y dándoles libertades para investigar; el equipo termina conformado por varios periodistas que, como el protagonista, ven la oportunidad de salir de la frustración y realizarse en su profesión.
El intento editorial también fracasa, a raíz de un supuesto “destape” político de uno de los periodistas que dice haber descubierto, y confirmado, que Benito Mussolini está vivo, un hecho en el que estarían implicados la CIA y El Vaticano. Esto parece ser cierto porque se desata entonces una misteriosa persecución que acaba con un asesinato. El protagonista, acostumbrado al desengaño, escapa. Por supuesto, este es un brevísimo y torpe resumen de la novela, en la que la trama es más bien el uso del periodismo para internarse en el proceso arribista y corrupto de los intereses políticos y económicos.
Más allá de la maestría con la que teje la historia y la seguridad con la que la escribe, Umberto Eco ha hecho, al final de su vida, un retrato de cómo la sociedad y el periodismo se coluden, cómo se concentran el poder económico, el político, el manipulable periodista y el ingenuo público lector, que cree que en las páginas del diario que todos los días lee está la verdad, y no es más que una verdad fabricada para el día, y no para la historia, menos para el bien del ciudadano.
La novela de Eco es un reflejo de la realidad, que a través de la ficción se hace ilustrativa para entender mejor la sociedad del nuevo siglo, en la que estamos todos inmersos ya sea desde el oscuro lado del periodismo como desde el incauto y cándido lector. Bastarían mencionar cualquier hecho político de nuestra ciudad, recurrir a las páginas de nuestros periódicos para ver cómo lo asumen, preguntarle al ciudadano qué posición toma a raíz de lo que lee y esperar qué beneficios tienen los políticos y empresarios para confirmar la teoría de Eco: el periodismo es una enfermedad que mantiene con vida a la sociedad. El protagonista dice casi al final: “Y si sabes que eres un perdedor, tu único consuelo es pensar que todos, a tu alrededor, son unos derrotados, incluso los ganadores”.
Caben algunas preguntas, entonces: ¿es el periodismo una de las claves para determinar cómo vive una sociedad, nuestra sociedad? ¿Por quién apuesta el periodismo local? ¿Podemos confiar en nuestro periodismo, o nuestros periodistas? ¿Quiénes y cómo se benefician del periodismo local?
Umberto Eco ha indagado a través del periodismo el comportamiento y la salud de la sociedad contemporánea. Recordemos la investigación para determinar las causas del envenenamiento de los monjes escribas en un monasterio medieval en la conocida “El nombre de la rosa”, las reflexiones en “El péndulo de Foucault” o “El cementerio de Praga”, algunas de sus novelas. Eco se convirtió, gracias a sus ocho novelas y más de treinta libros de ensayos y conferencias, en una de las voces más críticas de la sociedad contemporánea. Vale la pena repasar las ideas del intelectual italiano y reflexionar desde nuestra perspectiva sobre la salud intelectual de la sociedad en la que resolvemos nuestra vida día a día.



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Cela centenario

En España se sigue celebrando el centenario de uno de sis premios Nobel, Camilo José Cela, y hay desde nuevas ediciones de sus libros hasta congresos para analizar su obra. Nosotros invitamos a este señor con cara de pocos amigos a sentarse en esta silla para recordarlo. Hay una sencilla nota en el suplemento El Cultural, de donde extraemos la primera parte y la cronología, a modo de refrescar nuestro recuerdo del autor de “La colmena”, pero en el original se puede leer también comentarios de varios autores respecto a su persona y legado literario.

Adiusto Cela no parece haber sido tierno

“Un escritor asombroso y audacísimo, dueño de un proyecto narrativo desarrollado a lo largo de seis décadas con una constancia, un rigor y una exigencia sin parangón en la tradición española”. En uno de los artículos de este especial por los cien años de Cela, Ignacio Echevarría reclama para el escritor una memoria a la altura de la complejidad de su obra.

Cronología

1916. Nace, el 11 de mayo, en la localidad de Iria Flavia, Padrón, provincia de La Coruña.

1925. La familia Cela Trulock se instala en Madrid, adonde es destinado el padre. Camilo José comienza sus estudios en el colegio de los escolapios de Díaz Porlier.

1931-32. Es internado en el sanatorio del Guadarrama, aquejado de una tuberculosis pulmonar. Emplea el reposo en intensas lecturas de la obra completa de Ortega y Gasset y la colección completa de clásicos españoles de Rivadeneyra.

1934. Inicia la carrera de Medicina en la Universidad Complutense de Madrid, pero muy pronto abandona los estudios para asistir como oyente, en la Facultad de Filosofía y Letras, a las clases de Literatura Española de Pedro Salinas, a quien confía sus primeros poemas. Se hace amigo de Miguel Hernández y María Zambrano; en casa de esta última conoce, en tertulia, a Max Aub y a otros escritores e intelectuales.

1936. Estalla la guerra civil. Cela, que forma parte del bando nacional, es herido en el frente y hospitalizado. En plena guerra termina su primer libro de poemas: Pisando la luz dudosa del día.

1940. Comienza a estudiar Derecho, y el mismo año aparecen sus primeras publicaciones en revistas.

1942. Publica La familia de Pascual Duarte tras una larga búsqueda de editor. Finalmente le ayuda José María Cossío. La novela es hoy una de las más editadas y traducidas de la literatura española.

1943. El éxito de La familia de Pascual Duarte es unánime. Sin embargo, Cela tiene problemas con la Iglesia, que termina consiguiendo que se prohíba la segunda edición. Ésta se publicará en Buenos Aires.

1944. Se casa con María del Rosario Conde Picavea.

1946. Nace el único hijo del matrimonio Cela Conde, Camilo José. Viaja a la Alcarria con el fotógrafo Karl Wlasak y Conchita Stichaner.

1948. Publica en Madrid Viaje a la Alcarria y en San Sebastián el Cancionero de la Alcarria, que irán juntos a partir de la edición de 1954.

1951. Publica en Buenos Aires -por problemas con la censura- La colmena.

1954. Se muda a Mallorca, donde viviría una buena parte de su vida.

1956. Funda y dirige desde Mallorca Papeles de Son Armadans, revista que mantuvo activa hasta 1979 (276 números).

1957. Apadrinado por Vicente Aleixandre, Gregorio Marañón y Joaquín Calvo-Sotelo, ingresa en la Real Academia Española, institución en la que ocupó el sillón Q. Lee un discurso sobre el pintor Solana que le responde Gregorio Marañón.

1977. El Rey Juan Carlos I lo nombró Senador en las primeras Cortes Generales de la transición democrática, participando en la redacción del texto de la Constitución. Ocuparía dicho sillón hasta 1979.

1983. Publica Mazurca para dos muertos, con el que gana el Premio Nacional de Literatura.

1987. Gana el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

1989. Gana el Premio Nobel de Literatura “por su prosa rica e intensa, que, con refrenada compasión, configura una visión provocadora del desamparo del ser humano”.

1994. Gana el Premio Planeta con La cruz de San Andrés. Carmen Formoso le demandará por presunto plagio de su novela Carmen, Carmela, Carmiña, de M. Carmen Formoso.

1995. Gana el Premio Cervantes.

1999. Sale su última novela, Madera de boj.

2002. Muere en Madrid a los 85 años.



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Alberto Vega, poeta interior

Hace unos meses recibí el libro “El mito que somos”, del poeta arequipeño Alberto Vega, a quien conocí en mi juventud y de quien silenciosamente aprendí algunos secretos sobre el arte de versificar. Este breve texto que reseña el libro se publica en la última edición del semanario La Voz. Va en esta silla que ha separado espacio privilegiado para el maestro.

Imagen del texto en La Voz


Alberto Vega, poeta interior
Por: Alfredo Herrera Flores
Hace veinte años, luego de compartir con él uno de mis libros, Alberto Vega me dijo: “El primer verso es importante”. Fue una sentencia y un consejo que me ha perseguido desde entonces, no sé si para bien o para mal. Ahora que releo su último libro, “El mito que somos” (Editorial UNSA, 2015) no puedo dejar de fijarme en su primer verso y darle la razón. El libro se abre con el poema “Declaración jurada” y es una sutil muestra de tres de las  características más sobresalientes de la poesía veganiana: la sabia brevedad, la reflexión inteligente e ingeniosa y la metáfora espontánea, natural.
Hay un juego de roles interesante en este poema, la autodefinición del libro como tal, que al mismo tiempo es continente de poesía, y a su vez la poesía contiene la palabra del poeta, voz de quien escribe esos versos que conforman el libro: el libro es el poeta. Leamos: “Este libro/ es un dios/ depredador// arrepentido// que devuelve/ al mar/ el pez/ aún vivo.” No parece ser una idea circular sino un reflejo perpetuo del poeta visto a sí mismo en el objeto libro. Libro y poeta conforman una unidad. Pero además el poeta se define como un dios cargado de mal, no un demonio sino una deidad que frente a la ambición se torna bondadoso. Así el poeta Alberto Vega invita al lector a internarse en el libro que en el fondo es él mismo.
Perteneciente a lo que se ha dado en llamar en el Perú la generación del 50, Vega ha sido el más silencioso de un grupo de escritores que a la postre conformaron una interesante galería de nombres notables. Publica en su juventud tres libros de poesía: “Tierra interna” (1956), “Palabra natal” (1960) y “La arena del  tiempo” (1965) para luego ingresar a una larga pausa editorial que duró hasta el año 2002, cuando publica un volumen titulado “Poesía”. Este silencio fue acompañado por otro más grave, el de la crítica y los lectores; sin embargo, a pesar de que fue anotado y tomado en cuenta para las pocas antologías regionales, su nombre se mantuvo vigente gracias  a su poesía: sencilla, cotidiana y de lado de los marginados.
En su primer libro hay un poema que titula “El canto de los obreros”, con un lenguaje franco dice: “Desde abajo se sentía claramente/ aquel coro triste y sereno,/ era una canción cargada de esperanza,/ semejaba un himno de un país recién nacido.” Este es el tono que envuelve su obra, Alberto Vega ha extendido sobre su poesía un manto de solidaridad y una intimidad a los que no ha renunciado: “Y me olvido de todo principio y de todo fin/ y me pongo a vivir en tu nombre/ los días y las noche que me quedan”, dice al final de un poema de su tercer libro.
Probablemente la mayor virtud de la obra de Vega sea la forma directa con que encara el poema, sin que esto signifique violencia verbal ni exigencia metafórica. Ya en el libro “El mito que somos” hay una suerte de sosiego y calma verbal frente a los temas universales de la poesía que solo la madurez y sabiduría pueden dar. En el poema “Hotel” dice por ejemplo: “de noche/ los seres del océano/ patrullan la calle/ en busca de mi último sueño”; no es una estrofa sencilla pues encierra un complejo mensaje, demuestra una actitud reposada frente a lo cotidiano y al mismo tiempo lo desconocido, sintetizados en lo más íntimo que nuestra racionalidad nos conserva: el sueño.
“El mito que somos” reúne nueve libros breves, cuya temática va desde la explicación personal de la poesía en “Arte poética” hasta la reivindicación de la tierra natal en “Elogio de Santa Catalina”, o desde la reconstrucción de una galería de personajes míticos en “El mito que somos” y “Las hetairas de Safo” hasta el ambiguo e interminable tema del mar en “El mar/ la mar”. Sin embargo, parecen ser la intimidad humana y la propia poesía los temas centrales de este volumen que nos devuelve a un poeta mayor, ejemplar. Hay muchos versos que pueden servir de muestra para ilustrar esta afirmación, lo que a su vez demuestra la calidad que alcanzado la poesía de Alberto Vega.



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La salud centenaria del Boletín Titikaka

El semanario arequipeño La voz publica esta semana mi texto sobre el Boletín Titikaka, que leimos con ocasión de la presentación en Arequipa, donde compartimos la mesa con Willard Díaz y el editor Esteban Quiroz, promotor y artífice de esta nueva, buena y bonita edición del Boletín.


La buena salud centenaria del Boletín Titikaka
Por: Alfredo Herrera Flores
Hace poco recordábamos la coincidencia histórica de los cinco centros de desarrollo cultural del Perú de las primeras décadas del siglo pasado. Por aquellos años y en estas ciudades, escritores e intelectuales fueron animando la bohemia y pensando el arte, la política y la cultura en general a través de grupos y revistas. En el caso de Puno, aparecerán más nombres con respecto a los otros grupos o centros culturales, como Alejandro Peralta, Emilio Romero, Emilio Armaza, Ezequiel Urviola y varios más. Al respecto, José Tamayo Herrera diría que esta etapa podía denominarse como la época de oro de la cultura puneña. 
¿Pero, qué factores contribuyeron para que Puno, en particular, y el sur en general, hayan podido generar una producción cultural tan notable? El propio Tamayo Herrera explica que fue la coyuntura política, en la que se consolida la nueva idea de considerar el sur como tierra de indios y, en consecuencia, ajenos a la cultura. Se dice que además se aprovechó la oportunidad de la facilidad de comunicaciones en el eje Arequipa – Puno – La Paz – Buenos Aires, con la que se accedía a literatura y revistas culturales venidas del extranjero. Pero también está la reacción política y cultural de una población por muchos años postergada.
Una manera de reivindicación en una zona sometida culturalmente es precisamente una reacción cultural. La discriminación se supera a través de la educación y la cultura. Así ya lo entendió hace más de cien años José Antonio Encinas, precisamente en Puno, impulsando una nueva educación que incluía al indio. Se contaba que cuando se organizaban las celebraciones del calendario escolar en las comunidades, los alumnos se preparaban para escribir y declamar poesías, poner en escena pequeñas obras de teatro, cantar o tocar un instrumento, a diferencia de ahora que los niños y jóvenes bailan sin sentido, copian sketchs de la televisión o hacen fonomímica.
El Boletín Titikaka es producto de este proceso, de este contexto puneño que también se daba, con otras características, en ciudades importantes como Cusco y Arequipa y que influían notoriamente en todo el sur. El Boletín Titikaka, a diferencia de otros órganos de difusión cultural de la época, tenía alrededor un movimiento literario, una propuesta estética y política, un concepto del arte muy complejo y elaborado, una mirada filosófica de la cultura, mientras que en otros espacios es la política, el periodismo o el derecho lo que se trasluce en sus publicaciones.
Están por cumplirse cien años de la publicación del primer número del Boletín Titikaka, por entonces, ya Gamaliel Churata y su hermano Alejandro Peralta y sus amigos no solo animaban el mundo político y cultural, sino que gestaban una nueva forma de ver el mundo, enriquecidos por el ancestro andino, el inevitable proceso criollo y el cosmopolitismo en ciernes. La publicación de una edición facsimilar de la colección del Boletín Titicaca por parte de Lluvia Editores del infatigable Esteban Quiroz, no es parte de esta celebración, creo yo, sino es el llamado de atención que requiere nuestra inexistente política cultural que debería ser concebida y aplicada por nuestras adormecidas autoridades culturales.
Hoy tenemos el viejo Boletín Titikaka rejuvenecido, en un formato moderno, accesible al gusto de los nuevos tiempos, sin que se afecte o perjudique su esencia, su naturaleza ideológica y su objetivo cultural. Arequipa debería sentirse privilegiada en este nuevo tránsito del Boletín Titikaka, pues su promotor principal, Gamaliel Churata, ha nacido en esta tierra y la ha reconocido como su cuna cultural; y Arequipa es, no hay cómo negarlo, tan cercana a Puno que todos somos hechura de esta unión de culturas.
Quienes quieran asomar e interpretar el proceso cultural de los últimos cien años, analizar la literatura y el pensamiento del último siglo, entender la propuesta filosófica de Gamaliel Churata o explicar los fenómenos culturales de nuestras regiones, tienen ahora una herramienta imprescindible y una ineludible responsabilidad: la de entendernos como cultura y actuar a la altura de lo que se exige de nosotros, intelectuales y lectores, artistas y autoridades.



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