Yo abogado…
A través de las imágenes de televisión se ha podido constatar como muchos “aseñorados” hombres de derecho son célebres practicantes de artes marciales. Sus principales víctimas son los policías que los intervienen cuando han cometido alguna falta.
Amparados en sus conocimientos sobre leyes y algunas influencias en los órganos de justicia, son capaces de transformarse en los fieles discípulos del Bruce Lee, cuando sienten que han interrumpido su derecho a la juerga y al reventón. Ser abogado no implica ser intocable o eximido de respetar las leyes.
Si los policías son acusados de maltratar a las personas, de hacer uso excesivo de la fuerza, también hay claros ejemplos de cómo el ciudadano de a pie, se transforma en un verdadero energúmeno, y bien mereciera ser atado.
El maltrato de los civiles no llega sólo a través de la palabra, sino también con lo físico y raya en lo brutal. Incluso, algunas “eminencias” en derecho terminan por tener un comportamiento ridículo y lamentable.
El conocer de leyes, el ser amigo de un fiscal o juez, no implica carta blanca para hacer y deshacer de acuerdo a conveniencias. Así no funciona el derecho, así no funciona el principio de autoridad.
No se tiene nada contra lo abogados, pues su rol en la sociedad es fundamental, pero el gran porcentaje de esta orden, se dedica única y exclusivamente a exprimir a los litigantes y enredar los procesos a tal punto que todo termina siempre a foja cero. Para muestra, miremos como están de repletas las salas del Palacio de Justicia.
Los abogados tienen los mismos derechos y deberes al igual que el obrero, el electricista, el cirujano, el veterinario. Con la única diferencia, que sus conocimientos, le dan doble responsabilidad en el cumplimiento de sus obligaciones. El ser abogado implica respetar y hacer respetar las leyes.
La actuación del abogado debe ser siempre libre e independiente y, como profesional, el letrado recibirá el amparo de los tribunales en su libertad de expresión y defensa, como contrapartida se le exige probidad, lealtad y veracidad en el fondo de todas sus declaraciones, así como la utilización de formas respetuosas en sus manifestaciones y siempre guiado por el principio de buena fe.
