Mi reloj es un extraño artilugio cuya cualidad más importante es no dar la hora; sin embargo, eso no es motivo suficiente para que todas las mañanas calce correctamente  en mi muñeca y vaya conmigo a la  Universidad.

Es un obsequio de mi padre.  Me  lo regaló  hace algunos años con la sana intención de recordarme que el tiempo es oro y porque sospecha que yo ya he perdido demasiado.

Pero qué diría ahora  si supiera que su antiguo reloj, de marca reconocida, ha pasado por la dilatada pupila de varios relojeros que, como a un desahuciado, le probaron pilas de una y otra marca, aceitaron sus manecillas, como una suerte de paliativo, que incluso me hicieron creer en los milagros.  A pesar de estas argucias, ahora  me he  convencido de que  mi reloj es un difunto. Los segundos, los minutos, las horas que ya no marca es la demostración más evidente de que todo terminará algún día. Todo es cuestión de tiempo.

A pesar de esto, para seguir manteniendo el equilibrio, cuando alguien me pregunta por la hora, yo  miro mi reloj, calculo,  y se la doy sin resquemores; no me cohíbe ningún repentino sentimiento de culpa; ninguna mojigatería es más importante que mi afán de informar a los demás de  que el mundo aún se mueve( y hoy se mueve más con los deshielos) y comprender que todavía hay tiempo para enamorarse, para ir tarareando por ahí alguna melodía que viene de tu infancia, o simplemente para  seguir  envidiando a alguien, como buenos seres humanos que somos.

Mi reloj ha muerto atado a mi muñeca, sin embargo, pudo haberlo hecho en el sofá junto al gato que, en su ignorancia, hubiera querido despertarlo, o sobre la mesita esa de mi habitación colmada de mi antiguo desorden, junto a la ventana, siempre entreabierta por mi insuperable claustrofobia.

Hace algunos días, una alumna me preguntó la hora; pero como estaba cerca de mí , se  percató de que las manecillas estaban detenidas.  Y mientras yo levantaba mi brazo y pensaba en un número, ella sonreía (sonrisa pícara de muchacha de diecisiete años). Pero  si a causa de haberle mentido soy para ella desde ese día un ser antipático,  no importa; estoy seguro de que cuando tenga mi edad lo habrá comprendido todo( o casi todo) y querrá volver a su salón de clase para ver de nuevo mi reloj, donde el tiempo se ha detenido para siempre.

Y a pesar de lo que digan los demás, seguiré usando mi reloj, con correas de cuero marrón, bordes dorados y… Y qué importa cómo sea. Lo único cierto es que todas las mañanas coloco sus  manecillas  a la hora en que felizmente he pensado regresar a casa.

GERSON RAMÍREZ