El Gobierno y el Congreso no están para perder un solo minuto, pero pierden horas, días y semanas más de la cuenta. No es que estén dedicados al ocio creativo o quieran malgastar su tiempo deliberadamente.
El problema es otro. Descuidan dos cosas que otros países en despegue como el nuestro no harían nunca: orden y reglas de juego claras, puestos al revés y al derecho.
Estos dos poderes del Estado no tienen sino poco menos de dos años para dejar sus administraciones y ya enfrentan desde ahora, y con angustia, plazos muy estrechos para cumplir metas y objetivos que, además, no están bien definidos.
Cuando por una falta de orden una comisión parlamentaria saca a debate un inmaduro proyecto de ley, como el del derecho de rectificación, desperdicia, en esa imprevisión, la posibilidad de perfeccionarlo y consensuarlo, y quiebra el cuadro de prioridades de ajustes y reformas constitucionales que reclama atención más urgente. Y cuando por defectos y vicios engorrosos de la burocracia estatal se paralizan proyectos y se pierden oportunidades de inversión, las reglas de juego políticas, económicas y jurídicas que otrora proyectaban confianza empiezan a afectarse y a advertirnos de que algo tenemos que hacer para reactivarlas.
Gobierno y Congreso deben correr contra el calendario y el reloj, pero con más aciertos que defectos. Las comisiones y los plenarios del Congreso no pueden seguir trabajando con agendas que carecen de prioridades y con bandazos que reflejan un amplio espectro de intereses propios respecto del disminuido interés público que prima en su orden del día. Pareciera que todo quisiera administrarse a la carrera y sobre el caballo, lo que podría ser un síntoma grave de pérdida de dirección y control de un país cuyo elevado crecimiento económico de los últimos años demanda, por el contrario, en la actual etapa crítica, un celoso e inteligente manejo de decisiones y prioridades.
De eso se trata, de ser conscientes de no arrojar por la borda las buenas lecciones aprendidas del crecimiento económico y de la crisis financiera internacional que recién nos pone a dura prueba.
No aprendemos pese a las lecciones repetidas que nos da constantemente las coyunturas de la política, los distintos episodios gubernamentales que han dejado en la historia contemporánea del Perú una cicatriz profunda, de aquellas que con el simple hecho de recordarla debería hacernos reflexionar.
Hoy que se han abierto las puertas de la campaña electoral muchos políticos buscan agua para su molino, eso genera poses políticas que complican el actual panorama de nuestra nación. Seguirán saliendo proyectos curiosos y proyectos venganza, de quienes saben que ya tienen poco o nada que perder, de quienes e sienten que se han frustrado para siempre y a quienes la vida de la sociedad peruana les da lo mismo.
Pero aún se está a tiempo de conseguir un cambio que refleje el verdadero pensamiento de los peruanos y que cubra las verdaderas expectativas de un pueblo bañado en historia y que siempre espera un verdadero cambio.
