Después de dos años
Después de dos años de que un terrible terremoto sacudiera el sur de nuestro país, sería bueno analizar las causas de por qué hay por lo menos 120 mil familias que todavía viven a la intemperie, tapándose con esteras y plásticos. Se podría ensayar duras críticas a la lentitud del Ministerio de Salud que, 24 meses después, ha sido incapaz de demoler el golpeado Hospital Regional de Ica para empezar a construir uno nuevo. Podríamos también indignarnos con todos aquellos que se tiran la pelota señalando que el fracaso de la reconstrucción es culpa del otro. Pero no.
Es mejor recordar que, en medio de tanta ineficiencia, hubo algo que sí funcionó ese fatídico 15 de agosto en el que la tierra tembló por más de 210 segundos: la gente. A pesar de que, en un inicio, las comunicaciones se interrumpieron y no se pudo medir la magnitud de los hechos, una vez pasado el desconcierto inicial, y enterados de la terrible tragedia que vivían nuestros hermanos de Ica, Pisco Chincha y Huancavelica, mujeres y hombres de todos los rincones del país hicieron un alto en sus rutinas y dedicaron su tiempo y esfuerzo a ayudar a quienes más los necesitaban.
Las imágenes en la televisión y las voces en la radio daban cuenta de una población que lo había visto desaparecer todo entre el polvo asfixiante del desierto y la tierra pegajosa del adobe. Los llantos de niños que buscaban a sus madres o de vecinos llamando a sus amigos se mezclaban con los de los representantes de Defensa Civil, que contaban los muertos de cien en cien hasta llegar a más de quinientos. Pero también se confundían con las palabras de aliento de jóvenes universitarios que se organizaron en brigadas para construir módulos de vivienda que albergaran a los que dormían en la plaza casi mezclados con los muertos. Y con la fortaleza de los médicos que trabajaron días sin dormir y comer. O con el incansable espíritu de los rescatistas que pusieron su vida en peligro para arrancar de los escombros a los que luchaban por su vida. En todo el Perú, amas de casa organizaron eficientes sistemas de recolección y reparto de alimentos. Niños escribieron cartas y mandaron juguetes. Empresarios se olvidaron de hacer negocios y donaron toneladas de comida, agua y abrigo.
El ciudadano común y corriente demostró que los beneficios del crecimiento económico no se miden con la cantidad de celulares vendidos, sino con las muestras de solidaridad de un pueblo que hoy, menos apremiado por la crisis o por la violencia cotidiana, puede dejar de pensar en sus propios problemas y volver su mirada para ayudar al otro. En resumen: hace dos años, la gente de a pie hizo su trabajo y demostró que podemos ser mejores, que tenemos ciudadanos de primera clase. El Estado, en cambio, hasta ahora no logra estar a la altura de su gente.
