En casa,  solíamos  pintarnos  la cara con betún y, tras las sábanas, convertidas en el telón de un gran teatro, improvisábamos con los amigos que nos visitaban, alguna divertida historia. Sí, en el antiguo reino de la infancia del que un día, tal como ustedes, también fuimos desterrados.

Pero en los juegos de nuestra alborozada niñez, no todo fue  gloria, pues, a veces, convertidos en dioses o en  terribles fieras, dábamos la vuelta al mundo( o sea, la sala, el corredor, las habitaciones, el corral), y no faltó ocasión en que por algunas malas artes del destino hacíamos  añicos las copas del anaquel  o algún estimado jarrón. Era entonces cuando mi madre estallaba: “¡Si se merecen que les saque la ñica!”.

En aquel tiempo, por “ñica” entendíamos recibir una sarta de latigazos en el trasero  como  castigo,  acorde con la magnitud de nuestro  delito.; pero solo  varios años después, hurgando en un diccionario, encontré que “ñica” significaba “mierda”.

Pero esta palabra no fue la única   que aprendimos en nuestra niñez.  En casa también  se decía  pishtar, mushka, pirca, chucro, acao, achay,  ñaña, shamiento, … expresiones que ahora  afloran en nuestra plática y la enriquece.

Lo que sucedía realmente de ese modo  informal era que mi madre nos transmitía parte de la herencia lingüística  que ella misma  había recibido  de sus padres. Mis abuelos, oriundos de Santiago de Chuco, trajeron en su acervo éstas y otras expresiones de uso común en el entorno del cual procedían. Y mi padre, que por su trabajo recorrió muchos pueblos del Callejón de Huaylas, en las historias que solía relatarnos, usaba también ciertos modismos quechuas que fuimos asimilando: tanta, punku, usha, mikuy…

Esto me permite ahora ponderar el hecho de que en el seno familiar, y a temprana edad, se inicia ese largo proceso de intercambio lingüístico, que más adelante formará uno de los rasgos distintivos de  nuestra personalidad, porque el uso particular de la lengua nos define como miembros de determinado medio sociocultural. Su uso obedece a una actitud, a la manera cómo aprendimos a expresar nuestros sentimientos y nuestra  manera de apreciar y sentir el mundo. Nuestra lengua materna y todas aquellas expresiones aprendidas en el seno familiar, quedarán registradas en nuestra mente y desde allí  nos atisbarán reclamando permanentemente el  espacio  conquistado en nuestras  vidas.

Otro momento relacionado con el uso y el conocimiento de la lengua en el seno familiar es el siguiente:

Una mañana,  mi pequeña  hermana se alistaba para ir a la escuela y,  de repente, mi padre ordenó: “Escarménate”. Ella tenía en aquel tiempo probablemente 9 años y, aunque él haya sabido perfectamente lo que estaba ordenando, nosotros  estábamos seguros  de no haber oído antes aquella palabra. Así que la pequeña empezó a lustrarse los zapatos; luego recibió la misma orden, pero esta vez, más confundida que nunca, fue a cepillarse los dientes. Y realmente hizo de todo, menos pasar el peine por sus cabellos para desenredarlos.

Es que las palabras tienen varias maneras de llegar a nuestra vida. Todas poseen un halo,  sin embargo, algunas se acercan con humildad y se quedan para siempre entre nosotros: pan, agua, luz…Otras, en cambio, parecen animales del monte a quienes debemos  domesticar previamente antes de saborear su armonía: disquisiciones, tetraedro,  prorrumpir,…

Esto supone que, frente a la vastedad  lexical de una lengua,  en ocasiones, nos sentiremos  como ciegos en una tierra presumiblemente conocida, en la que, sin embargo, deberíamos andar siempre con cautela, por temor no solo a tropezar, sino a desbarrancarnos en ese universo de reglas, normas y excepciones,  como generalmente se organizan.

Usar una palabra es una aventura que nos lleva del presente al pasado y nos proyecta hacia el futuro. Si ahora recuerdo, por ejemplo, el término “Pishtar”, recordaré el amplio corral de la casa, a los niños que fuimos, y a la hermana mayor que se encargaba de torcerle el cuello a las aves. Pero también cruzará por mi mente la imagen del  “Pishtaco”, ese  personaje tantas veces referido en la literatura oral andina. O si a mi recuerdo llega la expresión Upalla shimi, recordaré el corazón alegre del  tío Fortunato, en el campo, bromeando con los niños. Así, cada signo evocado nos descubre frente a los demás y devela nuestra crianza, es decir, quiénes somos, de dónde venimos, pero también,  a dónde vamos.

Es interesante comprender de  esta manera cómo es que un amplio dominio de nuestra lengua materna, enriquecida con los aportes de otras,  nos acerca a formas distintas  de ser y de sentir, porque oír a los demás y comprenderlos es ser solidarios con nuestra propia condición  de  seres humanos, más allá de toda mezquindad chauvinista o absurdos complejos de superioridad racial. Así, las barreras de la incomunicación se derriban, permitiendo una mejor convivencia,  acercándonos a lo que Edgar Morin llama “Simbiosofía”, la sabiduría de vivir juntos.

Y es más probable que nosotros alcancemos la edad de los abuelos, a que esas palabras que aprendimos en el seno familiar  se achaquen o  busquen un lugar  oscuro en la memoria y finalmente mueran. Por  el momento, en mi caso,  esto no sucederá, porque seguimos diciéndole “Chucros” (de “Chukru”, duro) a esos que en la calle se lían a trompadas y no caen fácilmente;  aún se pishtan las gallinas y los cuyes para celebrar los cumpleaños en la casa materna; decimos “añañao” frente a un potaje suculento, y “acao” cuando nos condolemos de la gente. Las palabras que aprendimos ayer,  son como el espejo donde se refleja para los demás nuestra idiosincrasia, el modo  particular que tenemos de querer y de sentir, de afirmar nuestra  presencia como miembros de un país y cultores de una lengua.

Gerson Ramírez

Julio 2008  /  JULIO 2009