Cuando la pobreza limita
Hace tres años la Dra. Martha Farah, de la Universidad de Pennsylvania, descubrió en su laboratorio qué tan grande puede ser la injusticia. En efecto, en el 2006 terminó de recoger y analizar una abrumadora cantidad de estadística que mostraba como los niños criados en la pobreza desarrollan habilidades memorísticas considerablemente menores de las de los hijos de la clase media.
Este año, Gary Evans y Michelle Schamberg, investigadores de Cornell, han descubierto en el estrés el nexo por el que la pobreza hace esto a los cerebros infantiles. Evans y Schamberg siguieron el desarrollo de un significativo grupo de personas pobres y de clase media desde la niñez temprana y comprobaron cómo los indicadores del estrés (la presión sanguínea, ciertas concentraciones hormonales, el índice de masa corporal, etc.) eran mucho más elevados en los pobres y cómo la capacidad de retención de datos con la que todos llegaban a la adultez variaba según los niveles de estrés mostrados durante la infancia: a más estrés, menos memoria. Lo que coincidía con estudios ya existentes que revelaban como determinadas cantidades de estrés traban la actividad neurotransmisora y la regeneración neuronal y, sobre todo, encogen la corteza prefrontal y el hipocampo, las áreas cerebrales más vinculadas con la memoria.
Lo que Farah, Evans y Schamberg han mostrado, en buen cristiano, es que los niños de los pobres, antes de que estén en edad de poder tomar cualquier decisión de la que puedan considerarse autores, reciben un puñetazo de tensión que, además de doler mientras ocurre, los deja limitados justamente ahí desde donde podrían esquivar los futuros golpes que la vida sin duda lanzará en su camino: en el cerebro.
Puede que no estemos necesariamente frente a un knock-out. Ciertamente el coeficiente intelectual no es el único factor que influye en la forma como le pueda ir a uno en la vida: cosas como la determinación, el tesón o el empuje pueden tener un rol al menos igual de importante y, por cierto, escasean muchas veces ahí donde las niñeces han sido acolchonadas. Pero ciertamente sí se trata de una limitación severa que les cae, cuando todavía están en el partidor y precisamente en lo que, por así decirlo, es el aparato para resolver problemas, a quienes están en situación de tenerlos más.
Los humanos somos seres sorprendentemente plásticos. Somos moldeados por nuestro entorno aún en los aspectos más estructurales y que suponemos más fijos. Es decir, llevamos nuestro pasado escrito en el cuerpo. Y nunca tan injustamente como cuando ese pasado no lo escribimos nosotros, sino la pobreza infantil, y amenaza con albergar en su duro seno la historia de nuestro porvenir.
