Esta celebración al stop motion (animación cuadro a cuadro) de 1993 rejuvenece gracias a la técnica de las tres dimensiones como si se tratara del más reciente de los prodigios visuales y donde no se deja nada a la imaginación: si hace 15 años esta maravilla producida y escrita por Tim Burton creó un mundo aparte, ahora este mundo fantástico se rinde ante lo explícito del 3D con diseños y escenarios que se aprecian, sienten y ven realísimos. Por un lado, esta manito de gato respeta las imperfecciones del stop motion original (y es algo que se agradece), y por el otro, no se roba esta película sobre el rey de Halloween, Jack Skellington, y su loca idea de apropiarse de la Navidad.
Todo lo contrario: el nuevo arreglo se integra a la idea fuerza de este filme de culto, que consiste es ser muchas cosas al mismo tiempo: un musical, una comedia y, finalmente, una película de horror para toda la familia. Aunque las pegajosas canciones de Danny Elfman así como los diálogos son doblados al castellano de España (Jack habla como Amaro Gómez-Pablos), permanece en esta versión el espíritu incorrecto y brillante de este cuento de horror con vampiros, brujas y esqueletos apropiándose de la Navidad, imbuidos todos en el travieso espíritu de Halloween. Sólo eso explica el más incorrecto de los gestos: el secuestro del Viejo Pascuero.

Pero con o sin 3D, algo que resulta inamovible es la calidad de los cuadros musicales, como la performance solista del “Cuco” y el impacto de Jack ante la tierra de Navidad en el segmento “What’s this?”, porque revelan el buen gusto de la dirección de arte, la moral nada de infantil de este atípico producto que consagra el triunfo del outsider y el freak. En una idea, aquí nació y sigue creciendo la mezcla imposible entre un dulce cuento navideño incrustado en el día de brujas.